miércoles, 11 de marzo de 2015

Y lo mató

Que tire la primera piedra (que peligroso suena eso el día de hoy) el que después de un evento traumático no ha tenido ganas de encender a golpes a alguien que nos ha hecho un daño: un taxista que nos cierra, un motociclista que se roba nuestras pertenencias, un asustado que patea nuestro perro porque cree que lo va a morder. Es natural sentir rabia y fantasear motivado por la rabia. Muchos, además, desgraciadamente pasan a la acción y  se ven a los golpes, rayan el carro y muchas otras acciones que no son para enorgullecerse, y que reflejan esa intolerancia tan peligrosa que nos llena.

No escribo para defender a Toro. No puedo. No quiero. No logro entender como fue capaz de tener la sangre de sacar un arma y disparar a un animal. Le creo a los que afirman que estaba poseído por la rabia, pero su conducta mostró la sangre fría que se necesita para enfrentar situaciones inesperadas y difíciles, como las que vive en su condición de piloto en el rally Dakar Suramérica.

Para empezar, tengo perros adoptados, callejeros, con traumas psicológicos previos por maltrato a los que "reinsertar a la vida civil" llevo tiempo. Sé que pueden asustar y que dependiendo el perro pueden agredir, eso me consta. Pero no entiendo en dónde está la defensa propia de la que habla el piloto: si de verdad requirió matarlos para defenderse, en un perro sin el menor entrenamiento de ataque, en una mascota eso sólo implica una cosa: percibió que sus dueños estaban en un real peligro: si la integridad física de Toro se vio amenazada por Príncipe, fue porque él se convirtió en una muy seria amenaza para los dueños de Príncipe y él decidió defenderlos, eso también lo tengo claro.

Como en esos crímenes pasionales de varias novelas, en el CAI se relata que Toro llegó enfurecido y sin arrepentirse. Sin embargo pienso que su conducta mostró una sangre fría que no me deja claro que tan cegado estuvo por la ira, que tanta necesidad tenía de defenderse. Devolverse a la camioneta, sacar el arma, apuntarle al perro (para el cuál ese sujeto armado que atemoriza a sus amos es una amenaza) y dispararle puede ser muy pasional; pero la pelea no era con el perro sino con el dueño, y afortunadamente, a este no le disparó. Hubo razonamiento. Sabía que matar al perro no es un crimen, que los perros y los gatos, y en general las mascotas, no son sujetos de derechos, y que matarlos es el equivalente legal a romper una cosa de manera irreparable y que debe responder por su valor económico, que en el de un perro criollo es ridículo. Además, sabía que le iba a causar una herida inmensa a sus dueños, y que ese dolor no sería fácil de resarcir, una venganza perfecta con un bajo costo (hasta que se hizo público el evento y el rechazo social se hizo patente).

Muchos dirán, y dicen, tanta bulla por un perro muerto. Muchos dirán y yo mismo lo hice alguna vez, hace muchísimo tiempo, que para que gastarle tanto a un perro cuando hay tantos niños con hambre (quienes lo dicen no hacen nada por esos niños, ni por lo perros tampoco). Es que fue un acto alevoso y cruel, que se aprovecha del profundo vínculo que establecemos con nuestras mascotas para causar un daño en sus dueños. Desconocer la importancia de las mascotas, independientemente de la especie, es un error en esta sociedad moderna. Pero se hace. Qué difícil es superar el duelo de una mascota porque nadie te entiende, muchos se burlan, te dicen que consiga otro perro o que menos mal se le acabó esa gastadera de plata. En mi barrio, una señora después de perder por edad a su mascota se deprimió y se tuvo que trastear, porque todas las calles las había caminado con su mascota y no soportaba verlas más, y así hay muchos casos, que no se cuentan que las personas viven en silencio porque es un duelo mal visto, porque un perro es un perro, no un hijo.

La verdad, yo no estoy seguro que sea tan así: mis perros y mi gata son (como) mis hijos. Les dedico tiempo, comparto mi vida y mis emociones con ellos, los llevo al médico, los consiento a la vez que los disciplino, estructuro mis rutinas con respecto a sus vidas. Así que si un tipo lastima a uno de mis animales haré lo necesario para defenderlos; pero, aun así, reconozco el valor de la vida humana y no puedo estar de acuerdo en matar a sangre fría al que agrede un animal. Si he de atenerme a las declaraciones de varios animalistas, debo decir que el señor Toro (vaya paradoja que esta bestia sea un Toro...) es un ser ecuánime y que le conviene estar armado por su seguridad de ahora en adelante: en situación contraria toda la estirpe de él ya habría sido exterminada, y tampoco es así. Lo que sí debe ocurrir es que con respecto a las mascotas debe haber un cambio de legislación porque no son sólo cosas. Un perro de asistencia son los ojos de alguien por ejemplo, no una cosa por ahí. El perro que nos acompaña al salir del duelo por la pérdida de un ser querido y nos retorna al camino de la vida es más que un televisor. Puede que el valor de nuestros "chandosos" sea muy bajo por su "valor comercial" pero el daño moral que causa que nos los arrebaten, sobre todo con tanta violencia, es difícil de cuantificar (cuánto vale la vida de un hijo, me pregunto). Por eso, las mascotas no son ni bienes, ni cosas, sino que tienen un valor propio que les da la relación con nosotros, y que nos obliga a los dueños de mascotas a una serie de deberes que no todos cumplen. Para qué ese cambio, para que no se puedan aprovechar con toda la impunidad de este vínculo para destruir la vida de una persona.

Toro entró en una pelea por su carro, o por lo que fuera, y entre la intolerancia y la ira tomó una decisión dolorosa contra el que menos tenía que ver en el asunto.

Y lo mató. Que responda.

Actualización: le toca responder https://twitter.com/ELTIEMPO/status/1159911086134632450?s=19