Que tire la primera piedra (que peligroso suena eso el
día de hoy) el que después de un evento traumático no ha tenido ganas de
encender a golpes a alguien que nos ha hecho un daño: un taxista que nos
cierra, un motociclista que se roba nuestras pertenencias, un asustado que
patea nuestro perro porque cree que lo va a morder. Es natural sentir rabia y
fantasear motivado por la rabia. Muchos, además, desgraciadamente pasan a la
acción y se ven a los golpes, rayan el carro
y muchas otras acciones que no son para enorgullecerse, y que reflejan esa
intolerancia tan peligrosa que nos llena.
No escribo para defender a Toro. No puedo. No quiero. No
logro entender como fue capaz de tener la sangre de sacar un arma y disparar a
un animal. Le creo a los que afirman que estaba poseído por la rabia, pero su
conducta mostró la sangre fría que se necesita para enfrentar situaciones
inesperadas y difíciles, como las que vive en su condición de piloto en el
rally Dakar Suramérica.
Para empezar, tengo perros adoptados, callejeros, con
traumas psicológicos previos por maltrato a los que "reinsertar a la vida
civil" llevo tiempo. Sé que pueden asustar y que dependiendo el perro
pueden agredir, eso me consta. Pero no entiendo en dónde está la defensa propia
de la que habla el piloto: si de verdad requirió matarlos para defenderse, en
un perro sin el menor entrenamiento de ataque, en una mascota eso sólo implica
una cosa: percibió que sus dueños estaban en un real peligro: si la integridad
física de Toro se vio amenazada por Príncipe, fue porque él se convirtió en una
muy seria amenaza para los dueños de Príncipe y él decidió defenderlos, eso
también lo tengo claro.
Como en esos crímenes pasionales de varias novelas, en el
CAI se relata que Toro llegó enfurecido y sin arrepentirse. Sin embargo pienso
que su conducta mostró una sangre fría que no me deja claro que tan cegado
estuvo por la ira, que tanta necesidad tenía de defenderse. Devolverse a la
camioneta, sacar el arma, apuntarle al perro (para el cuál ese sujeto armado
que atemoriza a sus amos es una amenaza) y dispararle puede ser muy pasional;
pero la pelea no era con el perro sino con el dueño, y afortunadamente, a este
no le disparó. Hubo razonamiento. Sabía que matar al perro no es un crimen, que
los perros y los gatos, y en general las mascotas, no son sujetos de derechos,
y que matarlos es el equivalente legal a romper una cosa de manera irreparable
y que debe responder por su valor económico, que en el de un perro criollo es
ridículo. Además, sabía que le iba a causar una herida inmensa a sus dueños, y
que ese dolor no sería fácil de resarcir, una venganza perfecta con un bajo
costo (hasta que se hizo público el evento y el rechazo social se hizo
patente).
Muchos dirán, y dicen, tanta bulla por un perro muerto.
Muchos dirán y yo mismo lo hice alguna vez, hace muchísimo tiempo, que para que
gastarle tanto a un perro cuando hay tantos niños con hambre (quienes lo dicen
no hacen nada por esos niños, ni por lo perros tampoco). Es que fue un acto
alevoso y cruel, que se aprovecha del profundo vínculo que establecemos con
nuestras mascotas para causar un daño en sus dueños. Desconocer la importancia
de las mascotas, independientemente de la especie, es un error en esta sociedad
moderna. Pero se hace. Qué difícil es superar el duelo de una mascota porque
nadie te entiende, muchos se burlan, te dicen que consiga otro perro o que
menos mal se le acabó esa gastadera de plata. En mi barrio, una señora después
de perder por edad a su mascota se deprimió y se tuvo que trastear, porque
todas las calles las había caminado con su mascota y no soportaba verlas más, y
así hay muchos casos, que no se cuentan que las personas viven en silencio
porque es un duelo mal visto, porque un perro es un perro, no un hijo.
La verdad, yo no estoy seguro que sea tan así: mis perros
y mi gata son (como) mis hijos. Les dedico tiempo, comparto mi vida y mis
emociones con ellos, los llevo al médico, los consiento a la vez que los
disciplino, estructuro mis rutinas con respecto a sus vidas. Así que si un tipo
lastima a uno de mis animales haré lo necesario para defenderlos; pero, aun
así, reconozco el valor de la vida humana y no puedo estar de acuerdo en matar
a sangre fría al que agrede un animal. Si he de atenerme a las declaraciones de
varios animalistas, debo decir que el señor Toro (vaya paradoja que esta bestia
sea un Toro...) es un ser ecuánime y que le conviene estar armado por su
seguridad de ahora en adelante: en situación contraria toda la estirpe de él ya
habría sido exterminada, y tampoco es así. Lo que sí debe ocurrir es que con
respecto a las mascotas debe haber un cambio de legislación porque no son sólo
cosas. Un perro de asistencia son los ojos de alguien por ejemplo, no una cosa
por ahí. El perro que nos acompaña al salir del duelo por la pérdida de un ser
querido y nos retorna al camino de la vida es más que un televisor. Puede que
el valor de nuestros "chandosos" sea muy bajo por su "valor
comercial" pero el daño moral que causa que nos los arrebaten, sobre todo
con tanta violencia, es difícil de cuantificar (cuánto vale la vida de un hijo,
me pregunto). Por eso, las mascotas no son ni bienes, ni cosas, sino que tienen
un valor propio que les da la relación con nosotros, y que nos obliga a los
dueños de mascotas a una serie de deberes que no todos cumplen. Para qué ese
cambio, para que no se puedan aprovechar con toda la impunidad de este vínculo
para destruir la vida de una persona.
Toro entró en una pelea por su carro, o por lo que fuera,
y entre la intolerancia y la ira tomó una decisión dolorosa contra el que menos
tenía que ver en el asunto.
Y lo mató. Que responda.
Actualización: le toca responder https://twitter.com/ELTIEMPO/status/1159911086134632450?s=19