domingo, 8 de marzo de 2020

Señor de las cuatro décadas.

Hace muchísimos años, muchos ya, aunque no tantos como los que hoy presumo, Jorge Barón publicó un libro llamado "Mis primeros 40 años" de corte autobiográfico y del que tuve el privilegio de no leer. Ignoro si es bueno o malo, y con el paso del tiempo uno se da cuenta que Jorge Barón en esos 40 años logró muchísimas cosas. Lo traigo a colación porque, como Jorge Barón en su momento, yo estoy cumpliendo mis primeros 40 años.



He vivido muchas cosas en estos 40 años, y, sin embargo, al comparar con las historias de vida de mis padres, de mis tíos, de compañeros y conocidos, de Diana, uno siente que ha vivido poco. Que la vida, en cierta forma, ha sido un camino que avanza de manera ininterrumpida y sin tantos momentos difíciles. Tal vez sea un asunto de perspectiva, que grandes tragedias de mi adolescencia, edad adulta y senectud temprana, a la luz del presente se manifiestan como simples problemas sin gravedad; tal vez sea un asunto de que la memoria, cada vez más engañosa, filtra los recuerdos para que aquellos más dolorosos pesen menos en la historia de vida. Sea cual sea la respuesta, y pese a mi tristeza propia, puedo decir que esta vida ha sido una buena vida.

Y lo es porque he contado con una familia que me dio muchas alegrías en mi niñez (y en toda la vida, sin negarlo), mi mamá y mi papá, mis hermanos Óscar y Germán, mis tías y tíos y primos, y madrina y padrino y primos que no son de sangre pero que crecieron conmigo y me dieron compañía y felicidad. Porque a pesar de mi timidez, y de que aprendí a pasarlo bien solo, aún hoy mantengo contacto con amigos de la primaria, pese a que ya no vivimos cerca y no tenemos tantas cosas en común (nuestro colegio hace años, muchos años que ya no existe). Lo es porque las ilusiones que tenía de niño se han venido dando (como por ejemplo, uno de mis recuerdos más viejos es mi profesora de preparatorio me pregunta que quiero hacer de grande y yo respondo que doctor) y que las ilusiones que mis padres depositaron en mí, en nosotros, también se fueron cumpliendo, sin que se hubieran convertido en mi programa de vida, sino en un aprendizaje de sus enseñanzas, por extrañas que nos hubieran parecido en su momento.

Más allá de mis padres y mis hermanos, que son capítulo aparte y no es necesario ponerlos de presente aquí, de mis tíos y primos, de mi familia, hay personas que han sido fundamentales en estos años, que han sido inspiración y en casos muy particulares, una especie de mantra o plegaria que me han acompañado y dado fuerza en los momentos difíciles, o como alguna vez se lo mencioné a una de ellas, son una especie de estrella Polar, que es un destino inalcanzable pero que marca un rumbo y orienta en noches de luna nueva.

De esos 40 años, debo resaltar que los últimos 20 he tenido (no es casualidad que lo conjugue en presente perfecto) a mi lado a una persona especial, fundamental y maravillosa en mi vida. Diana ha sido mi pareja todo este tiempo, pero es mucho más que eso, algo que si bien no puede describirse con palabras, lo intentaré. Diana creyó en mí mucho antes que yo mismo lo hiciera y me acompañó durante el final de mi carrera, luego durante el rural, las dificultades laborales del recién egresado, y los 4 años de especialidad. Y mientras tanto, con muchas más dificultades y limitaciones logró ponerse al día con una cantidad de cosas que cuando hago cuentas, me parece increíble todo lo que ha alcanzado, pero tengo muy claro que fue a base de trabajo duro, disciplina, organización y convicción que lo logró. Y en los 10 años de matrimonio que llevamos ha logrado que entre los dos hayamos construido un hogar, y desde que llegó Mati a nuestras vidas, una familia (bueno, con Lana, luego Lupe, luego Lucas, Mechas, Rocky y ahora Kodiak, ya éramos una familia de más de dos).

La paternidad ha sido quizá la aventura que más me ha cambiado la vida. La pérdida de mi hermana en mi niñez y la pérdida de mi hija fueron golpes devastadores que hicieron que la llegada de Mati fuera una mezcla de alegría y miedo. Además, Matías ha sido un reto maravilloso que me ha obligado a confrontarme de maneras inesperadas, dolorosas inclusive, para reconocerme como adulto, como hijo, aún más como esposo y de esa manera devenir en padre, una tarea inconclusa, pero satisfactoria, de la que espero en un futuro pueda sentirme orgulloso, y de la que hoy me siento complacido, pero sabiendo que tengo mucho más por aprender.

Me gustaría decir que la madurez llega con los años, pero no estoy tan seguro. En una parte de "El nombre de la rosa" Remigio da Varagine le confiesa a Guillermo que con el tiempo no te haces sabio, te haces viejo. Sin embargo, hay algunos aprendizajes que me han hecho considerar cosas de manera diferente y tienen que ver con la noción de privilegio y la aún más compleja del feminismo.

Es claro que soy un privilegiado, y si bien creo que tengo mérito en mis logros, las dificultades que pasé y esfuerzos que hice fueron mucho menores que los de otros. Mis padres, mis hermanos y el hecho de ser un hombre blanco, que además da la ilusión de ser pilo y dedicado me han abierto puertas. No era consciente de estos privilegios, pero he aprovechado las puertas abiertas por ellos, y me lleva a cuestionarme muchas experiencias mías y de otras personas, y a plantear que es necesario que eso privilegios que gocé sean más amplios, que más personas puedan beneficiarse, que dejen de ser en sí mismos, privilegios.

Y en cuanto al feminismo, nacido y criado en una cultura patriarcal, con varios privilegios derivados de esa misma cultura, fue transparente para mí por muchos años que las mujeres carecían de las mismas oportunidades, porque siempre vi mujeres valiosas y cercanas alcanzar excelentes posiciones. El anecdotario de mi vida era el referente, un referente muy corto de miras. Incluso, durante muchísimos años con Diana a mi lado no vi como ella careció de los privilegios que yo gocé y como tuvo que luchar el triple para lograr lo mismo que yo. Y que la diferencia en nuestras profesiones y sus remuneraciones nace de esa misma cultura machista es algo que tampoco podía ver y que es mucho más evidente. Tengo claro que el feminismo no es un espacio para que los hombres lo lideren, y ya no me importa saber si soy feminista o aliado, o lo que sea, solo sé que tengo un hijo en quien quiero lograr que esa cultura se vaya diluyendo para alcanzar una verdadera igualdad, y que en este presente hay que buscar que haya igualdad de oportunidades y reconocimiento, y que los hombres podamos encontrar una manera diferente de ser, construir nuevas masculinidades, y eso no lo vamos a lograr quedándonos callados y sin hacer nada, por lo que tendremos que encontrar ejemplos, respuestas y nuevas preguntas, para hacer las cosas de un modo diferente, para hacer las cosas mejor.

Soy ahora un señor de las 4 décadas, haciéndome viejo, sin la panza prometida por todos, y con un camino enorme al frente. Y si bien esta entrada es sobre mí, quiero volver a dar gracias, no a la vida por Diana y Matías, sino a Diana y Matías (y a muchísimos otros, pero hoy quiero centrarme en ellos) por esta vida. Y así como en mis 40 años me acompañaron mis padres, quisiera cuando Matías tenga 40 poder estar ahí con Diana y verlo en el gran ser humano que ya es.

¡Feliz cumpleaños y gracias a todos por venir!

jueves, 27 de diciembre de 2018

Gratitud

Hay un columnista excelente los viernes en El Tiempo que es Ricardo Silva y sus columnas tienen una particularidad interesante, más allá del tono de indignación permanente que menciona Alejandro Gaviria: nunca entiendo cómo logra en la enorme mayoría de veces resumir su columna semanal con una sola palabra en el título. Así que, siguiendo la idea me propongo poner una título de una palabra: gratitud. Sin embargo, mi habilidad es bastante precaria en comparación con Ricardo Silva, así que voy a tener a que apoyarme en subtítulos, también de una sola palabra, lo cual puede ser una solución acertada o solo empeorar el problema de no encontrar como contar bien la historia que quiero contar.

Imprudencia.

Hace un año salí de trabajar en la décima con primera y abordé TransMilenio. Mi plan de viaje consistía en tomar cualquier bus en Hospitales hasta Bicentenario y allí trasbordar a un M82 para seguir por toda la carrera séptima. La primera parte no tuvo mayor novedad. Pero una vez en Bicentenario no logró recordar bien todos los detalles. Me bajé en el vagón norte de la estación y me dirigí al vagón número dos. El celular timbró o vibró, y lo saqué para revisarlo. He allí un error en una cadena de errores. Después recibí un primer golpe en el hombro derecho y vi a alguien correr, me parece recordar una chaqueta roja. No tuve mucho tiempo porque vino un segundo hombre en carrera desde mi espalda y cogió mi celular y siguió corriendo a toda velocidad, saltó por las puertas de la estación y atravesó la décima hacia el oriente en dirección a la Avenida Comuneros, y el barrio Las Cruces.

Todos me han recriminado en algún momento la imprudencia de usar un celular en una estación de TransMilenio. Es más, de usarlo al aire libre en cualquier parte de Bogotá. Sin embargo, no creo que se deba seguir culpando a la víctima, ni siquiera en estos casos, y no solo porque me pasó a mí. La alcaldía no puede dotar de Wi-fi un número alto de estaciones de TransMilenio solo para decir: "no usen el celular en la calle" como una vez dijo un ex-alcalde. Hace muchísimos años cuando se reportó un "incremento" en el número de robos de espejos de carros en Bogotá, el alto mando de la Policía Nacional regañaba a los ciudadanos recordándoles la obligación de ser más prudentes: un humorista le respondió que tenía razón, a quién se le ocurre llevar los espejos al centro de Bogotá... Sí, podemos evitar el uso de aparatos en zonas peligrosas, pero ya es hora de entender que existe la necesidad de generar zonas seguras y menos condiciones que lleven a la gente a robar.


Estupidez.

Lo malo no es necesariamente ser imprudente. Lo grave es ser irracional. Después de ver y comprender que me habían robado el celular, un celular que era un regalo y que además era costoso, tengo en medio de una serie confusa de imágenes dos recuerdos claros: una mirada rápida a la carrera décima hacia el sur con la frase: "las motos están lejos" y la siguiente soy yo corriendo  por una calle, viendo unas personas apartarse contra una puerta al paso del ladrón y mío, gritando a todo pulmón: "cójanlo, me robó, me robó". Actué sin pensar, reaccioné completamente en caliente. No tengo recuerdo alguno claro de haber decidido ir tras mi celular o vender cara mi humillación y mi rabia, o de considerar que el celular me lo robaron entre dos personas y que perseguir a uno podría ponerme en manos de dos atracadores. Pasó sin el menor atisbo de reflexión. En medio de todo "me aseguré" de no ser atropellado en la décima y de pedir infructuosamente ayuda.


Confrontación

Dado que no fueron las neuronas las que me metieron en esto (bueno, mi ausencia de prudencia tal vez se les pueda achacar), fueron mis suprarrenales las que me desbordaron de adrenalina para lograr lo impensable: alcanzar al ladrón. En ese momento no lo noté pero estaba persiguiendo a un hombre más alto que yo, más fornido que yo (bueno, eso es fácil), que arrancó a correr antes que yo y yo iba con una maleta en la espalda que pesaba alrededor de 7 kg, y sin parar de gritar. En ese momento me sentí como Po, el protagonista de Kung Fu Panda, cuando en la segunda película logra liberar a los cinco furiosos y le preguntan cuál es el plan: primer paso, liberar a los cinco furiosos, y qué sigue, no lo sé, no pensé que llegaría tan lejos. Así que una vez lo alcanzo y lo veo girarse solo atino a hacer lo que se me ocurría: gritarle que me devolviera mi celular. Él, en cambio, en vez de responder sacó un arma, una navaja imagino, y rápidamente se gira y me dice cállese sapo, lo veo mover su mano derecha hacia mí, yo extiendo mi mano izquierda en posición defensiva y la derecha hacia su cara y siento, más que veo, un piercing en su nariz. Él sale a correr y yo voy a empezar a hacer lo mismo cuando siento mi mano izquierda caliente y mojada.


Indefensión.

El otro subtítulo pudo ser sorpresa pero la sensación fue la de estar indefenso y expuesto: mi mano izquierda está ensangrentada. Miro mi chaqueta gris y con dificultad veo un corte no muy grande. Hago conciencia de que estoy herido. Es más, hago conciencia, por primera vez desde que recibí el primer golpe en el hombre pienso antes que reaccionar. Con esperanza veo venir una motocicleta de la Policía que viene hacia mí, y les digo a grito herido señalando al hombre que rápidamente se aleja: "ese tipo me robó, el del buzo blanco me chuzó" pero la motocicleta no se detiene, no acelera, solo avanza alejándose. Me sentí solo, me sentí miserable, me sentí abandonado. Y sí, sentí miedo: estaba en un sitio ligeramente peligroso, con un brazo chuzado y sin saber como ir a un lugar a pedir ayuda.


Solidaridad.

En ese momento varias personas se acercan a preguntar cómo estoy, algunas me habían visto correr y se habían apartado para no interrumpir la persecución y estiman que ya es seguro ayudar. Si bien después sentí rabia con ellos, como no va a entenderlos uno: él que se mete puede terminar herido, o peor, muerto. Uno de ellos, o una, ya no recuerdo, dice que cerca hay un CAI móvil, y varias personas me acompañan. Nadie pregunta qué pasó, nadie juzga, alguien solo pregunta qué me robaron. Es solo una cuadra pero la siento larga, y casi no escucho los comentarios. Llegamos a la esquina, giramos a la derecha y nos encaminamos al CAI.


Estupefacción.

Estando a unos tres metros se asoma un policía desde el CAI, y me mira y dice algo absolutamente inesperado: ¿Usted es al que le robaron el celular? De alguna manera asiento con la cabeza o digo sí, ya no sé, y pienso "¡que rápido vuelan los chismes en este barrio! pero lo que dice me deja atónito:

"Ya cogimos al tipo qué se lo robó, tenemos su celular".

Sigo recordando la escena y me parece inverosímil lo que me dice el agente. Hacía unos cuantos minutos me habían robado, la policía me había ignorado en su petición, el tipo había corrido y se había alejado de mi vista y me dicen que ya lo cogieron y que recuperaron mi celular. De verdad, increíble. Estaba tan estupefacto que cuando el policía me pregunta si puedo esperar para reconocer el celular y al atracador o que si mejor me voy a un hospital, revisé mi brazo como si no fuera mío: verifique mi pulso radial y cubital, extendí y flexioné los dedos, corrí la chaqueta y el buzo, expuse el antebrazo y vi la herida, larga con el músculo saliendo por ella, y con la mano derecha desnuda desplace el músculo para mirar la fascia buscando puntos de sangrado o heridas más profundas, como si tuviera idea de qué era lo que hacía. Acomodé todo lo mejor que pude y declaré: "sí, puedo esperar".

Un momento después para un taxista  de improviso y grita: lo cogimos, lo cogimos. Me cuenta que el hombre corrió por la octava hacia el sur y que él lo encerró contra el andén y que otro taxi se detuvo detrás y no le dejó como salir. Llegó la motocicleta de la policía y el hombre les pide ayuda, que los taxistas lo quieren atropellar. El policía le dice: "No será que usted tiene algo que no es suyo, amigo, una requisa". Encuentran mi celular, un celular de él, pero no encuentran el cuchillo. lo esposan y lo traen caminando hasta el CAI móvil. Lo veo llegar, y me muestran mi celular, lo reconozco y como demostración de qué me pertenece muestro el fondo de pantalla. Reconozco a mi atracador, joven (casi 15 años más joven que yo, supe después) y le digo a la policía que sí, que voy a denunciar.


Trámite.

El taxista que llegó de primero me llevó al Cancerológico, llamó a mi esposa y le contó lo qué paso (Dígale que estoy bien, le dije, que tengo una herida pero estoy bien, y él dice: "Señora, atracaron a su esposo, lo apuñalaron y lo estamos llevando para urgencias"), y allí me abrieron historia, me suturó un ortopedista peruano que se estaba especializando en ortopedia oncológica, llegó mi familia, y salimos para la URI. Allá me toman declaración, me valora medicina legal, y espero a que le tomen las fotografías al celular que prueban el robo. A las 8 pm, menos de tres horas después de haber llegado estaba saliendo con mi celular rumbo a la casa. Tal vez ese sea otro pequeño milagro: no tuve que estar allá ocho horas, como suele pasar.


Gratitud.

Llego a casa, y soy consciente de que estoy vivo. Vuelvo a abrazar a mi esposa, abrazo a mi hijo y me doy cuenta en mis huesos que pude perder mucho más que un aparato. En medio de todo lo malo que pasó, fue mucho peor lo que pudo pasar y recibí la ayuda e tantas personas, el taxista, el patrullero de la policía que me ayudó con todos los trámites a pesar de que ya había terminado su turno, mis colegas en el cancerológico y en mis otros sitios de trabajo, el personal de la URI, todos mis amigos que supieron y se preocuparon, mi familia, mi esposa, que aparte de un poco de dolor, mi sensación predominante fue de gratitud.





Epílogo.

A la mañana siguiente me voy a bañar, noto algo raro en la axila y mi esposa me dice que tengo otra herida, ésta estaba en el pilar posterior de la axila y estuvo muy cerca de estructuras que si habrían podido matarme. Descubro que estoy vivo de milagro. El atracador fue trasladado a la Modelo, y fue condenado a 74 meses de cárcel. Recuerdo que la policía me contó que los vecinos lo reconocieron y decían que trabajaba en las mueblerías de la décima con primera, así que cambié mis rutinas de desplazamiento. Todavía me pregunto qué lo llevó a hacer lo que hizo, porque terminamos en esta chocoaventura que afortunadamente no terminó de manera trágica. Esa pregunta, si llega a tener una respuesta, es tal vez la clave para que un acto tan natural como sacar un celular en una estación de Transmilenio no sea una imprudencia sino un evento natural en un lugar que tiene Wi-fi público y gratuito.

lunes, 16 de enero de 2017

El día de la marmota.

Dicen algunos que quien no conoce su historia está condenada a repetirla, como si la historia estuviera llena sólo de ignorantes, y las Kasandras que predicen la desgracia y la tragedia, condenadas a ver su profecía irremediablemente realizarse una y otra vez. Hemos completado un año desde que arrancó (¿arrancó?) el gobierno de Peñalosa y estamos en la misma tónica de hace 4 años: buscando la revocatoria del alcalde.

Que pretendo decir, ¿qué es un error? ¿qué es una persecución a Peñalosa? ¿qué los que perdieron dejen gobernar al que ganó? No. Hace 4 años subí varias entradas sobre la revocatoria a Petro (aquí, aquí y aquí también), y al revisarlas siento que hice lo que para mí era correcto al apoyar la revocatoria, y como en muy buena medida el estilo de gobierno del alcalde Petro, polarizador, llevando a la división de Bogotá en bandos irreconciliables (paréntesis: alguien con tino afirmó que el plebiscito no dividió a los colombianos sino que hizo evidente la división, tal vez pasó lo mismo con Petro), era una razón para buscar la finalización anticipada de su mandato. Y aún así, en una entrada a principios del año pasado se hizo un recuento de algunas de las cosas buenas que dejó la administración anterior.

Leyendo mis argumentos para revocar a Petro es imposible no encontrar un paralelismo ente los dos alcaldes: elegidos con la minoría más grande, con un imagen negativa importante (Peñalosa en eso es campeón), y un estilo de gobierno agresivo e insultante, amén de una serie de decisiones "controversiales" y otras llanamente estúpidas. Muchas de mis apreciaciones para revocar a Petro pueden usarse contra Peñalosa sin mayor dificultad. Y por eso mismo creo que esta revocatoria debe encontrar su camino y resolverse dentro de sus términos legales. Me parece que quienes apoyamos la revocatoria de Petro no estamos en las mejores condiciones de oponernos a quienes buscan la de Peñalosa sino dentro de lo que permite la ley: la abstención o votar que no, en el caso que se llegue a elecciones.

La polarización reinante en Bogotá augura que es poco probable que el alcalde que llegue no experimente un camino similar. No sé si Pardo o Clara López no enfrentarían procesos similares, pero si menos populares, aunque no se puede desconocer que el metro, convertido en centro de una disputa ideológica antes que técnica, de orgullo antes de que funcionalidad, de chicanería antes que de eficacia, juega muy en contra de los intereses de Peñalosa. Los rumores de que el metro subterráneo ya estaba listo, financiado y no era sino empezar a construir han ido calando y ganando una credibilidad pasmosa, así como que un metro subterráneo es más rápido y con mayor capacidad, cosa que no es necesariamente cierta. Y si el alcalde recurre al insulto y la descalificación antes que al debate serio, pues peor. Y en el caso de la Reserva van der Hammen sí que ha dejado que desear el alcalde, confirmando a muchos críticos que confunde ecología con paisajismo.

Una vez finalice este intento de revocatoria debe revisarse la figura. Cuando finalizando el gobierno Petro se generó la posibilidad de convocar a elecciones me dije que no tenía sentido alguno. Ya no era útil, sembraba más división, y era más el desgaste que lo que pudiera beneficiar a Bogotá. Creo que es posible que pase lo mismo en este nuevo intento, y más que varios saltan a buscar una oportunidad de reconocimiento antes que una ponderación juiciosa de la labor del alcalde, teniendo en cuenta que desde que se decidieron las elecciones comenzaron a organizar la revocatoria (y para ambos alcaldes, creería yo). De hecho, una tuitera lo resumió mucho mejor así:


Les deseo suerte, no con la revocatoria, sino a los bogotanos. En fin, sino cambian las cosas, estaremos en 4 años con la noticia de la revocatoria del sucesor de Peñalosa o de quien termine su periodo.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Acto de fe.

Si algo recuerdo de décimo semestre de Medicina es que es uno de los semestres más raros de la carrera, tiene más materias que los semestres previos, no tantas como en básicas, está partido en dos, y un viernes en noviembre eres un estudiante terminando materias y al siguiente lunes un flamante médico interno. La mitad del semestre era ginecología y obstetricia, y la otra mitad un popurrí de materias, importantes, lo entiende uno ahora, pero que en ese momento no lucen así.

Entre esas materias estaba medicina legal. El Instituto de Medicina Legal ya lo conocíamos desde quinto semestre, en esa época sin el parque Tercer Milenio, pero la rotación de décimo era clave porque después del internado viene el rural, y en el rural hay que hacer autopsias médico legales que son un coco completo. Aparte, veíamos también la parte de incapacidad médico legal, peritajes por lesiones personales y los tenebrosos de ataque sexual. Es decir, aprender a ver y reconocer lo que puede ser útil para hacer justicia dentro de la ley.

Lo recuerdo porque en la charla introductoria nos enseñaban a interpretar los hallazgos de la necropsia en relación con toda la información disponible, especialmente la historia clínica, y la charla estaba salpicada de anécdotas. Una anécdota viene a colación por el lamentable caso de Dora Gálvez. Nos contaron de un robo a un taxista en el cartucho por un habitante de la calle, con una respuesta violenta del taxista, cruceta en mano, que mandó al hospital a éste. Después de una evolución tórpida el hombre muere, y por ser muerte violenta, el cadáver y la historia clínica se mandan a medicina legal. El oficio, nos decía el legista, era para indignarse: que basados en historia clínica hacer reconocimiento de lesiones personales para el taxista, y de homicidio para el cuerpo médico de la institución. Remataba la anécdota recordando que si bien él llegó vivo al hospital, la responsabilidad de la muerte no recae en quienes lo atendieron.

Dora pudo tener un aneurisma, de hecho se afirma que eso se supo antemortem, y también que esa sea la causa directa de la muerte. Pero esa historia clínica inicial, las lesiones descritas, además del protocolo de ataque sexual que busca asegurar la atención en salud y la recolección de pruebas, ¿son compatibles con que no hubo un ataque sexual, que había sido descrito con una sevicia tal que llevó a quemar a Dora y empalarla?

¿Fue en décimo, fue en el internado ésta charla? La memoria me traiciona pero eso no es tan importante. En la formación lo que cuenta de las anécdotas suele ser su moraleja, no tanto los detalles.

La credibilidad de Medicina Legal no está para actos de fe.

jueves, 24 de noviembre de 2016

La carne es débil (borrador)



La carne es débil,
Y sangra, y se pudre, y se duele,
Al contacto con la metralla,
Con las balas,
Con las hojas de acero, y de hojalata.

La carne es débil,
Pero el espíritu es fuerte y sigue avanzando,
Fe en la causa gritan unos,
Viva la revolución, contestan otros,
Y la carne sangra, y se pudre, y se duele.

Asqueados de la muerte, cansados de las balas,
De las palabras sin sentido,
De las esperanzas mutiladas,
Condecorada la piel con cicatrices,
Desde el dolor y la fatiga
Firman la paz para parar el espanto.

Decid que no, alientan los señores de la muerte,
Pero también aquellos que lo han perdido todo,
Los incrédulos con heridas abiertas,
Los escépticos en las promesas,
Los que no conocieron otro destino,
Los que ya no sueñan sin rasgar el silencio de la noche.

Decid que no, gritan los señores de la guerra,
El espíritu es fuerte y requiere sacrificios,
Un campesino, una mujer pobre,
Un niño que juega en el campo,
Purificad sus almas en el fuego,
Que la carne es débil,
Y sangra, y se pudre, y se duele.

Pero la sangre hizo fértil los terrenos áridos
El cansancio de los pies germinó en alas,
Las lágrimas regaron el deseo
Y la esperanza,
Y sí, la carne es débil,
Pero el odio, los odios heredados,
Dañan el alma,
Que se pudre, que se duele.
Y que sangra.

Emrio Marco
24/11/2015 (borrador)

miércoles, 12 de octubre de 2016

No soy del sí

La entrada da más para un melodrama, que para una reflexión. Vivimos la semana más loca e impredecible en Colombia, y Colombia se precia de ser loca e impredecible. Todo empezó con el plebiscidio, en el que le preguntaron a Colombia, como si se tratara de un reality, si estaba dispuesta hacer la paz con las Farc en ciertos términos. Después de elegir a Jaider Villa, Colombia eligió el no. Y saltamos todos entre el desconcierto, el desconsuelo a buscar culpables, a rasgarnos las vestiduras, y a culpar a medio mundo por la derrota. Eso incluyo a Santos, por atreverse a preguntarle al pueblo qué era lo que quería.

En resumen: malo si sí, malo si no, ¡ni preguntes!.



Pero la elección del "no" fue todavía más complicada porque una de las bases de la campaña del sí implicaba que elegir el no implicaba elegir la guerra. Y sí, Jaider Villa no vino a hacer amigos pero ya decir que volvamos a matarnos, a la guerra, tampoco. Así que, "los del no" mostrando una confianza absoluta e impresionante en sí mismos dijeron que la paz sí, pero no así, que renegociando. 

Así que OK perdón, yo no quise lastimarte, simplemente te dije que no.


El aire de paz y reconciliación no primo mucho. Todos en medio de la amargura, algunos culpando a todos, incapaces de dialogar en paz. Siempre citamos a Jaime Garzón como profeta desde el humor, pero fue Ordóñez (José, pastor protestante, no Alejandro, monseñor católico antes de cristo) el que hizo la profecía hace 20 años:



En la semana más loca que hemos vivido pasó de todo: Los que exigían ser escuchados no van a la reunión, y sus primeras propuestas son tomadas de la ya acordado, los jóvenes de todas las opciones (sí, no, los que no votaron) marcharon sin distinciones partidistas exigiendo llegar a un acuerdo, el gerente de la campaña uribista del No explica cómo hicieron campaña (sucia, mentirosa, lo cuál ya se sabía, pero con la "confesión" tomó aire de delito) y el viernes con la designación del Nobel para Santos no sabíamos si reír, llorar o qué hacer.

No más musidrama.

Ordóñez desde el humor nos retrata como pueblo, así como lo hizo el plebiscito, como lo hicieron las campañas del sí o del no, como lo han hecho académicos de distintas disciplinas. Somos un país violento, un país que hizo de la protesta armada su mejor escenario de, nunca mejor dicho, de lucha. Desde antes de la conquista éramos un grupo de pueblos que por múltiples razones peleábamos entre sí, no nos pusimos de acuerdo por la independencia, y nunca estuvimos unidos como nación, islas en medio de montañas, cada una buscando su propio destino. Por eso, una vez libre de aquello que nos unía, España, pero que a la vez no nos representaba nada, seguimos siendo islas, ciudades y territorios estado buscando prevalecer sobre los otros, y no un sólo pueblo, una sola nación. Nos inventamos el concepto de patria boba, injusto y desobligante, sólo para hacerlo nuestro mantra y nuestro guión para el futuro.

La victoria del sí tenía un derrotero claro, porque se esperaba que votamos así porque buscábamos y entendíamos más o menos lo mismo, una nación con un objetivo en común, por fin un mito fundacional, no la derrota y destrucción de las Farc pero sí la paz con ellas, que nos revélase nuestra naturaleza. Por eso el "no" nos mandó a la lona, y la cuenta progresa lenta hacia el 10, mientras nos desaturdimos, entendemos, nos sacudimos y vamos a ver si nos levantamos. Los vencedores y los vencidos afirmamos buscar la paz, pero esa palabra es tan vacía y complicada que seguimos groggy sin saber como resistir hasta el fin del round.

Para el no la victoria no fue fácil, porque además de inesperada, nadie sabía bien que significaba. desde el sí la derrota del no era dolorosamente clara: la finalización del proceso de paz, el terminar el cese al fuego bilateral, el "devólverles" las armas a las Farc, el volver a negar el ser humano, el compatriota, para verlo sólo como el enemigo. Pero, el no era un grupo disímil, conformado por diferentes bastiones, muchas de ellas sin un líder ni una doctrina. Para unos el no era renegociar todo el acuerdo, para otros unas pocas cosas, y para otros, el regreso a la guerra contra unas Farc ya vencidas. Muchos votaron por el "no" convencidos de la victoria del "sí" y también se encontraron con el guayabo de la incertidumbre.

Las Farc y el gobierno dejaron en claro que seguirán sentados, que el gobierno negociará con ellas y con el no, y que hará ajustes al acuerdo. Las caras visibles del no buscan cosas distintas y por eso es bueno entenderlo. Se acusa a las iglesias cristianas de ir por el "no" por la llamada aunque inexistente ideología de género, que no está en los acuerdos, al haberse confundido con el enfoque de género, que es otra cosa. Eso es un tanto injusto como peligroso. Se dice que aportaron 4 millones de votos, dos de ellos por el no. Es decir, votaron tan divididos como el resto, y sin ellos, ¿habría alcanzado el sí el umbral? Además, no todas las iglesias son iguales y si bien existe una enomre cantidad de megaempresas de la fe, otras no lo son. Los llamados de Viviane Morales con su inaceptable referendo y ahora del no fue para medir fuerzas y ganaron, y más que descarrilar el no, esa demostración de fuerza tienen que ver más con la reforma tributaria, un mensaje para el que se meta con ellos y vote contra sus intereses. Esta columna es interesante y permite ver una fracción de la imagen total

Uribe ya mostr´sus cartas y no voya discutirlas muchas, Pastrana ya habló que el gobierno le respondió con beligerancia a su ramo de olivo; curioso Pastrana sufrió en su presidencia porque concedió beligerancia a las Farc, y ahora sale con estas, y Marta Lucía ramírez pinta como la más sensata de las opositoras, con propuestas que deben discutirse. jaime castro, que desde el conocimiento académico del derecho se opuso, bien gracias, la prensa no lo hace sonar ni tronar, pese a que fue una de las caras decentes que inclinaron la balanza.

Quedamos obligados a negociar con los del no, para salvar el acuerdo. Si hubiésemos ganado, ¿lo habríamos hecho? no lo creo, la división seguiría y quizá peor. Miren como insultan (insultamos) a los que votaron por el no, igual que antes de la votación, llamándolos tontos, ignorantes, estúpidos, y también diciéndoles que deberían sentirse sucios y usados. Seguimos atrapados en el dos de octubre, sin poder mover nuestro destino, presos del rencor y del odio que le achacamos a los del no, y usando una palabra para referirnos a nosotros mismos: derrotados injustamente. Como en el fútbol, (lo más cercano a nuestro proyecto de nación sigue siendo la selección, Camus nos apoya), ganamos, pero perdieron, si perdimos (nosotros, no ellos) no fue nuestra culpa, o fue el arbitro, o fue la lluvia, o sí era gol de Yepes (que no lo fue) y un largo etcétera.

Aquí decía yo:
"El acuerdo es para terminar el conflicto, pero la paz, una paz estable y duradera, la paz tiene que construirse y tenemos que construirla todos.
Votar sí o no, es un paso, una elección más, pero lo crucial viene después y llévamos siglos posponiéndolo. Tal vez si amerite hacer un festivo de ese día, pero no por el acuerdo, sino por el nacimiento de una cultura de la reconciliación, de superar la violencia como argumento y como forma de lucha, y de crecer por primera vez como nación con un objetivo que no sea exterminar a una parte de nosotros mismos. De reconocernos en el enemigo, y perdonarnos, y vernos como humanos de ahí en adelante y para siempre" 
Lo sigo creyendo. Lo sigo pensando. Por eso no soy del sí, ya no, porque eso debe quedar en el pasado. Soy de Colombia, y quiero la paz, y es necesario trabajarla entre todos, empezando por romper esa estupidez de los bandos del sí y del no. Eso implica no insultar a quien haya votado por una opción u otra. Pero ojo, eso no implica renunciar a desmontar los argumentos que algunos dirigentes usaron para pelear por su causa, con lógica, con humor si es necesario, y a dejar en evidencia sus intereses profundos y verdaderos, mezquinos y demás. Decía Les Luthiers que el Doctor Ortega (podríamos decir Ordóñez, Uribe, hasta Santos, todos) supo sobreponer sobre los sucios intereses partidistas los sublimes intereses personales. Eso hay que denunciarlo, sin insultar al que opino diferente, al que votó por el no, al que no pudo, quiso, se atrevió a votar.

Y como decía Pacífico cabrera: "La paz sea con vusté, Colombia"

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Adiós a las armas

Quizá la primera mención a la guerra que yo recuerdo ocurrió cuando estaba cursando segundo de primaria. Estábamos en clase de historia (abro paréntesis: sé que eso significa que la vi hace mucho tiempo porque ya no hay un programa de historia patria, según he oído varias veces. Pasé el bachillerato y sobre todo, una buena parte de la vida adulta aprendiendo que mucho, muchísimo de lo que se aprende de historia en la primaria es mentira. Digamos que la historia patria de la primaria es el programa electoral mentiroso del país para hacernos buenos y orgullosos ciudadanos, cierro paréntesis) y nos comentaron que las batallas por la independencia, la guerra de independencia, duraron al menos entre 1816 y 1819. Yo me sorprendí, y pregunté que como hacían para dormir, que como una guerra podía durar tanto, seguramente confundiendo un enfrentamiento con toda una guerra. La respuesta de mi profesora fue tajante: así como llevamos 20 años en guerra, así mismo.

Me enteré de esa manera de que vivíamos en guerra. Desde ese entonces mi aproximación con la guerra que se libró en Colombia, bueno, la guerra que los observadores internacionales saben que no ocurrió en Colombia de acuerdo a Álvaro Uribe, ha tenido muchas aristas, desde la óptica de los noticieros, los libros de historia con sus escasas menciones al tema, así como todo lo que sonara a a historia contemporánea, y después la prensa, como las conversaciones con mis papás y que mis papás sostenpian con otras personas. Sin embargo, la guerra con las Farc estaba eclipsada con mucha fuerza por una guerra más cercana y tenebrosa por esa misma razón: la guerra entre y contra los carteles de la droga. De esa guerra si tengo recuerdos de víctimas, del miedo, de levantarme una mañana con todos comentando que en un puente vehicular cercano habían desactivado una bomba. Esa fue la guerra que nos azotó a todos en las ciudades y que más me dejó marcas a mí en particular.

Ya en el rural, en La Dorada, la guerra fue más palpable. Vivir en un municipio con claro dominio para militar tenía la ventaja de que no habían combates en esa área, pero los vecinos cercanos estaban bajo el dominio de las Farc, y habían enfrentamientos. Además, en las remisiones a Manizales había que pasar a zonas bajo el dominio de las Farc, y en la noche no se estaba nada tranquilo. En una ocasión una ambulancia del hospital, público, fue desviada al monte por las Farc, y después de mucho suplicar los dejaron volver a todos: exigían que la enfermera se quedara a servir a la causa. No es que estuviéramos muy tranquilos en ese entonces.

Ya de regreso a Bogotá y ya en la etapa de especialista no vi tantas "víctimas" como en el rural sino "combatientes": soldados con secuelas infecciosas dolorosas de la guerra, por el entrenamiento, por los combates, por las minas. Ahora bien, una vez acabemos con las minas el principal enemigo de los soldados de Colombia, desde mi sesgo particular son las motos, que mano de osteomielitis por fracturas complejas las que veo asociadas a estas armas rodantes de alta energía. Todos jóvenes, todos con la vida cambiada, o perdida, al fragor de una guerra cuyas raíces se perdían tan en lo profundo que no nos dejaba ver que muchas veces se buscaban cosas parecidas, y que los combatientes, en muchas ocasiones, estaban de un lado o de otro, no por convicción, sino por azar.

Me acuerdo mucho de un poema, no recuerdo de quién, en la que se preguntaba que pasaría el día que nos viéramos reflejados en los ojos del enemigo, para descubrir con horror, que somos tan parecidos. El enemigo, ese engendro que no es humano, que puede ser odiado, que puede ser destruido sin remordimiento, que no puede jamás ser perdonado. El enemigo ha dejado de serlo, pero, ¿podremos sobrevivir a la revelación  de que el enemigo se parece a nosotros más de lo que quisiéramos, que actuó obligado, o con la convicción de que hacía lo correcto? No lo sé, pero esa es la tarea que nos queda a nosotros.

En lecturas del Espectador de hace décadas hacían un recuento por las guerras en Colombia, una detrás de otra, en sucesión, luchadas por los buenos contra los malos, todas fratricidas, todas dementes, todas sin un fin glorioso, todas por poder. Sólo contra Perú luchamos unidos, con un resultado que de manera optimista podemos llamar victoria pírrica. Esos somos nosotros, y de eso las Farc tienen tanta culpa como nosotros, o tal vez, son tan resultado ellas mismas como nosotros, y por eso es interesante la pregunta que planteó Santos, casi que programándonos para entender la tarea que se viene: El acuerdo es para terminar el conflicto, pero la paz, una paz estable y duradera, la paz tiene que construirse y tenemos que construirla todos.

Votar sí o no, es un paso, una elección más, pero lo crucial viene después y llévamos siglos posponiéndolo. Tal vez si amerite hacer un festivo de ese día, pero no por el acuerdo, sino por el nacimiento de una cultura de la reconciliación, de superar la violencia como argumento y como forma de lucha, y de crecer por primera vez como nación con un objetivo que no sea exterminar a una parte de nosotros mismos. De reconocernos en el enemigo, y perdonarnos, y vernos como humanos de ahí en adelante y para siempre.

Que la paz esté con nosotros.