Quizá la primera mención a la guerra que yo recuerdo ocurrió cuando estaba cursando segundo de primaria. Estábamos en clase de historia (abro paréntesis: sé que eso significa que la vi hace mucho tiempo porque ya no hay un programa de historia patria, según he oído varias veces. Pasé el bachillerato y sobre todo, una buena parte de la vida adulta aprendiendo que mucho, muchísimo de lo que se aprende de historia en la primaria es mentira. Digamos que la historia patria de la primaria es el programa electoral mentiroso del país para hacernos buenos y orgullosos ciudadanos, cierro paréntesis) y nos comentaron que las batallas por la independencia, la guerra de independencia, duraron al menos entre 1816 y 1819. Yo me sorprendí, y pregunté que como hacían para dormir, que como una guerra podía durar tanto, seguramente confundiendo un enfrentamiento con toda una guerra. La respuesta de mi profesora fue tajante: así como llevamos 20 años en guerra, así mismo.
Me enteré de esa manera de que vivíamos en guerra. Desde ese entonces mi aproximación con la guerra que se libró en Colombia, bueno, la guerra que los observadores internacionales saben que no ocurrió en Colombia de acuerdo a Álvaro Uribe, ha tenido muchas aristas, desde la óptica de los noticieros, los libros de historia con sus escasas menciones al tema, así como todo lo que sonara a a historia contemporánea, y después la prensa, como las conversaciones con mis papás y que mis papás sostenpian con otras personas. Sin embargo, la guerra con las Farc estaba eclipsada con mucha fuerza por una guerra más cercana y tenebrosa por esa misma razón: la guerra entre y contra los carteles de la droga. De esa guerra si tengo recuerdos de víctimas, del miedo, de levantarme una mañana con todos comentando que en un puente vehicular cercano habían desactivado una bomba. Esa fue la guerra que nos azotó a todos en las ciudades y que más me dejó marcas a mí en particular.
Ya en el rural, en La Dorada, la guerra fue más palpable. Vivir en un municipio con claro dominio para militar tenía la ventaja de que no habían combates en esa área, pero los vecinos cercanos estaban bajo el dominio de las Farc, y habían enfrentamientos. Además, en las remisiones a Manizales había que pasar a zonas bajo el dominio de las Farc, y en la noche no se estaba nada tranquilo. En una ocasión una ambulancia del hospital, público, fue desviada al monte por las Farc, y después de mucho suplicar los dejaron volver a todos: exigían que la enfermera se quedara a servir a la causa. No es que estuviéramos muy tranquilos en ese entonces.
Ya de regreso a Bogotá y ya en la etapa de especialista no vi tantas "víctimas" como en el rural sino "combatientes": soldados con secuelas infecciosas dolorosas de la guerra, por el entrenamiento, por los combates, por las minas. Ahora bien, una vez acabemos con las minas el principal enemigo de los soldados de Colombia, desde mi sesgo particular son las motos, que mano de osteomielitis por fracturas complejas las que veo asociadas a estas armas rodantes de alta energía. Todos jóvenes, todos con la vida cambiada, o perdida, al fragor de una guerra cuyas raíces se perdían tan en lo profundo que no nos dejaba ver que muchas veces se buscaban cosas parecidas, y que los combatientes, en muchas ocasiones, estaban de un lado o de otro, no por convicción, sino por azar.
Me acuerdo mucho de un poema, no recuerdo de quién, en la que se preguntaba que pasaría el día que nos viéramos reflejados en los ojos del enemigo, para descubrir con horror, que somos tan parecidos. El enemigo, ese engendro que no es humano, que puede ser odiado, que puede ser destruido sin remordimiento, que no puede jamás ser perdonado. El enemigo ha dejado de serlo, pero, ¿podremos sobrevivir a la revelación de que el enemigo se parece a nosotros más de lo que quisiéramos, que actuó obligado, o con la convicción de que hacía lo correcto? No lo sé, pero esa es la tarea que nos queda a nosotros.
En lecturas del Espectador de hace décadas hacían un recuento por las guerras en Colombia, una detrás de otra, en sucesión, luchadas por los buenos contra los malos, todas fratricidas, todas dementes, todas sin un fin glorioso, todas por poder. Sólo contra Perú luchamos unidos, con un resultado que de manera optimista podemos llamar victoria pírrica. Esos somos nosotros, y de eso las Farc tienen tanta culpa como nosotros, o tal vez, son tan resultado ellas mismas como nosotros, y por eso es interesante la pregunta que planteó Santos, casi que programándonos para entender la tarea que se viene: El acuerdo es para terminar el conflicto, pero la paz, una paz estable y duradera, la paz tiene que construirse y tenemos que construirla todos.
Votar sí o no, es un paso, una elección más, pero lo crucial viene después y llévamos siglos posponiéndolo. Tal vez si amerite hacer un festivo de ese día, pero no por el acuerdo, sino por el nacimiento de una cultura de la reconciliación, de superar la violencia como argumento y como forma de lucha, y de crecer por primera vez como nación con un objetivo que no sea exterminar a una parte de nosotros mismos. De reconocernos en el enemigo, y perdonarnos, y vernos como humanos de ahí en adelante y para siempre.
Que la paz esté con nosotros.