domingo, 8 de marzo de 2020

Señor de las cuatro décadas.

Hace muchísimos años, muchos ya, aunque no tantos como los que hoy presumo, Jorge Barón publicó un libro llamado "Mis primeros 40 años" de corte autobiográfico y del que tuve el privilegio de no leer. Ignoro si es bueno o malo, y con el paso del tiempo uno se da cuenta que Jorge Barón en esos 40 años logró muchísimas cosas. Lo traigo a colación porque, como Jorge Barón en su momento, yo estoy cumpliendo mis primeros 40 años.



He vivido muchas cosas en estos 40 años, y, sin embargo, al comparar con las historias de vida de mis padres, de mis tíos, de compañeros y conocidos, de Diana, uno siente que ha vivido poco. Que la vida, en cierta forma, ha sido un camino que avanza de manera ininterrumpida y sin tantos momentos difíciles. Tal vez sea un asunto de perspectiva, que grandes tragedias de mi adolescencia, edad adulta y senectud temprana, a la luz del presente se manifiestan como simples problemas sin gravedad; tal vez sea un asunto de que la memoria, cada vez más engañosa, filtra los recuerdos para que aquellos más dolorosos pesen menos en la historia de vida. Sea cual sea la respuesta, y pese a mi tristeza propia, puedo decir que esta vida ha sido una buena vida.

Y lo es porque he contado con una familia que me dio muchas alegrías en mi niñez (y en toda la vida, sin negarlo), mi mamá y mi papá, mis hermanos Óscar y Germán, mis tías y tíos y primos, y madrina y padrino y primos que no son de sangre pero que crecieron conmigo y me dieron compañía y felicidad. Porque a pesar de mi timidez, y de que aprendí a pasarlo bien solo, aún hoy mantengo contacto con amigos de la primaria, pese a que ya no vivimos cerca y no tenemos tantas cosas en común (nuestro colegio hace años, muchos años que ya no existe). Lo es porque las ilusiones que tenía de niño se han venido dando (como por ejemplo, uno de mis recuerdos más viejos es mi profesora de preparatorio me pregunta que quiero hacer de grande y yo respondo que doctor) y que las ilusiones que mis padres depositaron en mí, en nosotros, también se fueron cumpliendo, sin que se hubieran convertido en mi programa de vida, sino en un aprendizaje de sus enseñanzas, por extrañas que nos hubieran parecido en su momento.

Más allá de mis padres y mis hermanos, que son capítulo aparte y no es necesario ponerlos de presente aquí, de mis tíos y primos, de mi familia, hay personas que han sido fundamentales en estos años, que han sido inspiración y en casos muy particulares, una especie de mantra o plegaria que me han acompañado y dado fuerza en los momentos difíciles, o como alguna vez se lo mencioné a una de ellas, son una especie de estrella Polar, que es un destino inalcanzable pero que marca un rumbo y orienta en noches de luna nueva.

De esos 40 años, debo resaltar que los últimos 20 he tenido (no es casualidad que lo conjugue en presente perfecto) a mi lado a una persona especial, fundamental y maravillosa en mi vida. Diana ha sido mi pareja todo este tiempo, pero es mucho más que eso, algo que si bien no puede describirse con palabras, lo intentaré. Diana creyó en mí mucho antes que yo mismo lo hiciera y me acompañó durante el final de mi carrera, luego durante el rural, las dificultades laborales del recién egresado, y los 4 años de especialidad. Y mientras tanto, con muchas más dificultades y limitaciones logró ponerse al día con una cantidad de cosas que cuando hago cuentas, me parece increíble todo lo que ha alcanzado, pero tengo muy claro que fue a base de trabajo duro, disciplina, organización y convicción que lo logró. Y en los 10 años de matrimonio que llevamos ha logrado que entre los dos hayamos construido un hogar, y desde que llegó Mati a nuestras vidas, una familia (bueno, con Lana, luego Lupe, luego Lucas, Mechas, Rocky y ahora Kodiak, ya éramos una familia de más de dos).

La paternidad ha sido quizá la aventura que más me ha cambiado la vida. La pérdida de mi hermana en mi niñez y la pérdida de mi hija fueron golpes devastadores que hicieron que la llegada de Mati fuera una mezcla de alegría y miedo. Además, Matías ha sido un reto maravilloso que me ha obligado a confrontarme de maneras inesperadas, dolorosas inclusive, para reconocerme como adulto, como hijo, aún más como esposo y de esa manera devenir en padre, una tarea inconclusa, pero satisfactoria, de la que espero en un futuro pueda sentirme orgulloso, y de la que hoy me siento complacido, pero sabiendo que tengo mucho más por aprender.

Me gustaría decir que la madurez llega con los años, pero no estoy tan seguro. En una parte de "El nombre de la rosa" Remigio da Varagine le confiesa a Guillermo que con el tiempo no te haces sabio, te haces viejo. Sin embargo, hay algunos aprendizajes que me han hecho considerar cosas de manera diferente y tienen que ver con la noción de privilegio y la aún más compleja del feminismo.

Es claro que soy un privilegiado, y si bien creo que tengo mérito en mis logros, las dificultades que pasé y esfuerzos que hice fueron mucho menores que los de otros. Mis padres, mis hermanos y el hecho de ser un hombre blanco, que además da la ilusión de ser pilo y dedicado me han abierto puertas. No era consciente de estos privilegios, pero he aprovechado las puertas abiertas por ellos, y me lleva a cuestionarme muchas experiencias mías y de otras personas, y a plantear que es necesario que eso privilegios que gocé sean más amplios, que más personas puedan beneficiarse, que dejen de ser en sí mismos, privilegios.

Y en cuanto al feminismo, nacido y criado en una cultura patriarcal, con varios privilegios derivados de esa misma cultura, fue transparente para mí por muchos años que las mujeres carecían de las mismas oportunidades, porque siempre vi mujeres valiosas y cercanas alcanzar excelentes posiciones. El anecdotario de mi vida era el referente, un referente muy corto de miras. Incluso, durante muchísimos años con Diana a mi lado no vi como ella careció de los privilegios que yo gocé y como tuvo que luchar el triple para lograr lo mismo que yo. Y que la diferencia en nuestras profesiones y sus remuneraciones nace de esa misma cultura machista es algo que tampoco podía ver y que es mucho más evidente. Tengo claro que el feminismo no es un espacio para que los hombres lo lideren, y ya no me importa saber si soy feminista o aliado, o lo que sea, solo sé que tengo un hijo en quien quiero lograr que esa cultura se vaya diluyendo para alcanzar una verdadera igualdad, y que en este presente hay que buscar que haya igualdad de oportunidades y reconocimiento, y que los hombres podamos encontrar una manera diferente de ser, construir nuevas masculinidades, y eso no lo vamos a lograr quedándonos callados y sin hacer nada, por lo que tendremos que encontrar ejemplos, respuestas y nuevas preguntas, para hacer las cosas de un modo diferente, para hacer las cosas mejor.

Soy ahora un señor de las 4 décadas, haciéndome viejo, sin la panza prometida por todos, y con un camino enorme al frente. Y si bien esta entrada es sobre mí, quiero volver a dar gracias, no a la vida por Diana y Matías, sino a Diana y Matías (y a muchísimos otros, pero hoy quiero centrarme en ellos) por esta vida. Y así como en mis 40 años me acompañaron mis padres, quisiera cuando Matías tenga 40 poder estar ahí con Diana y verlo en el gran ser humano que ya es.

¡Feliz cumpleaños y gracias a todos por venir!