jueves, 27 de diciembre de 2018

Gratitud

Hay un columnista excelente los viernes en El Tiempo que es Ricardo Silva y sus columnas tienen una particularidad interesante, más allá del tono de indignación permanente que menciona Alejandro Gaviria: nunca entiendo cómo logra en la enorme mayoría de veces resumir su columna semanal con una sola palabra en el título. Así que, siguiendo la idea me propongo poner una título de una palabra: gratitud. Sin embargo, mi habilidad es bastante precaria en comparación con Ricardo Silva, así que voy a tener a que apoyarme en subtítulos, también de una sola palabra, lo cual puede ser una solución acertada o solo empeorar el problema de no encontrar como contar bien la historia que quiero contar.

Imprudencia.

Hace un año salí de trabajar en la décima con primera y abordé TransMilenio. Mi plan de viaje consistía en tomar cualquier bus en Hospitales hasta Bicentenario y allí trasbordar a un M82 para seguir por toda la carrera séptima. La primera parte no tuvo mayor novedad. Pero una vez en Bicentenario no logró recordar bien todos los detalles. Me bajé en el vagón norte de la estación y me dirigí al vagón número dos. El celular timbró o vibró, y lo saqué para revisarlo. He allí un error en una cadena de errores. Después recibí un primer golpe en el hombro derecho y vi a alguien correr, me parece recordar una chaqueta roja. No tuve mucho tiempo porque vino un segundo hombre en carrera desde mi espalda y cogió mi celular y siguió corriendo a toda velocidad, saltó por las puertas de la estación y atravesó la décima hacia el oriente en dirección a la Avenida Comuneros, y el barrio Las Cruces.

Todos me han recriminado en algún momento la imprudencia de usar un celular en una estación de TransMilenio. Es más, de usarlo al aire libre en cualquier parte de Bogotá. Sin embargo, no creo que se deba seguir culpando a la víctima, ni siquiera en estos casos, y no solo porque me pasó a mí. La alcaldía no puede dotar de Wi-fi un número alto de estaciones de TransMilenio solo para decir: "no usen el celular en la calle" como una vez dijo un ex-alcalde. Hace muchísimos años cuando se reportó un "incremento" en el número de robos de espejos de carros en Bogotá, el alto mando de la Policía Nacional regañaba a los ciudadanos recordándoles la obligación de ser más prudentes: un humorista le respondió que tenía razón, a quién se le ocurre llevar los espejos al centro de Bogotá... Sí, podemos evitar el uso de aparatos en zonas peligrosas, pero ya es hora de entender que existe la necesidad de generar zonas seguras y menos condiciones que lleven a la gente a robar.


Estupidez.

Lo malo no es necesariamente ser imprudente. Lo grave es ser irracional. Después de ver y comprender que me habían robado el celular, un celular que era un regalo y que además era costoso, tengo en medio de una serie confusa de imágenes dos recuerdos claros: una mirada rápida a la carrera décima hacia el sur con la frase: "las motos están lejos" y la siguiente soy yo corriendo  por una calle, viendo unas personas apartarse contra una puerta al paso del ladrón y mío, gritando a todo pulmón: "cójanlo, me robó, me robó". Actué sin pensar, reaccioné completamente en caliente. No tengo recuerdo alguno claro de haber decidido ir tras mi celular o vender cara mi humillación y mi rabia, o de considerar que el celular me lo robaron entre dos personas y que perseguir a uno podría ponerme en manos de dos atracadores. Pasó sin el menor atisbo de reflexión. En medio de todo "me aseguré" de no ser atropellado en la décima y de pedir infructuosamente ayuda.


Confrontación

Dado que no fueron las neuronas las que me metieron en esto (bueno, mi ausencia de prudencia tal vez se les pueda achacar), fueron mis suprarrenales las que me desbordaron de adrenalina para lograr lo impensable: alcanzar al ladrón. En ese momento no lo noté pero estaba persiguiendo a un hombre más alto que yo, más fornido que yo (bueno, eso es fácil), que arrancó a correr antes que yo y yo iba con una maleta en la espalda que pesaba alrededor de 7 kg, y sin parar de gritar. En ese momento me sentí como Po, el protagonista de Kung Fu Panda, cuando en la segunda película logra liberar a los cinco furiosos y le preguntan cuál es el plan: primer paso, liberar a los cinco furiosos, y qué sigue, no lo sé, no pensé que llegaría tan lejos. Así que una vez lo alcanzo y lo veo girarse solo atino a hacer lo que se me ocurría: gritarle que me devolviera mi celular. Él, en cambio, en vez de responder sacó un arma, una navaja imagino, y rápidamente se gira y me dice cállese sapo, lo veo mover su mano derecha hacia mí, yo extiendo mi mano izquierda en posición defensiva y la derecha hacia su cara y siento, más que veo, un piercing en su nariz. Él sale a correr y yo voy a empezar a hacer lo mismo cuando siento mi mano izquierda caliente y mojada.


Indefensión.

El otro subtítulo pudo ser sorpresa pero la sensación fue la de estar indefenso y expuesto: mi mano izquierda está ensangrentada. Miro mi chaqueta gris y con dificultad veo un corte no muy grande. Hago conciencia de que estoy herido. Es más, hago conciencia, por primera vez desde que recibí el primer golpe en el hombre pienso antes que reaccionar. Con esperanza veo venir una motocicleta de la Policía que viene hacia mí, y les digo a grito herido señalando al hombre que rápidamente se aleja: "ese tipo me robó, el del buzo blanco me chuzó" pero la motocicleta no se detiene, no acelera, solo avanza alejándose. Me sentí solo, me sentí miserable, me sentí abandonado. Y sí, sentí miedo: estaba en un sitio ligeramente peligroso, con un brazo chuzado y sin saber como ir a un lugar a pedir ayuda.


Solidaridad.

En ese momento varias personas se acercan a preguntar cómo estoy, algunas me habían visto correr y se habían apartado para no interrumpir la persecución y estiman que ya es seguro ayudar. Si bien después sentí rabia con ellos, como no va a entenderlos uno: él que se mete puede terminar herido, o peor, muerto. Uno de ellos, o una, ya no recuerdo, dice que cerca hay un CAI móvil, y varias personas me acompañan. Nadie pregunta qué pasó, nadie juzga, alguien solo pregunta qué me robaron. Es solo una cuadra pero la siento larga, y casi no escucho los comentarios. Llegamos a la esquina, giramos a la derecha y nos encaminamos al CAI.


Estupefacción.

Estando a unos tres metros se asoma un policía desde el CAI, y me mira y dice algo absolutamente inesperado: ¿Usted es al que le robaron el celular? De alguna manera asiento con la cabeza o digo sí, ya no sé, y pienso "¡que rápido vuelan los chismes en este barrio! pero lo que dice me deja atónito:

"Ya cogimos al tipo qué se lo robó, tenemos su celular".

Sigo recordando la escena y me parece inverosímil lo que me dice el agente. Hacía unos cuantos minutos me habían robado, la policía me había ignorado en su petición, el tipo había corrido y se había alejado de mi vista y me dicen que ya lo cogieron y que recuperaron mi celular. De verdad, increíble. Estaba tan estupefacto que cuando el policía me pregunta si puedo esperar para reconocer el celular y al atracador o que si mejor me voy a un hospital, revisé mi brazo como si no fuera mío: verifique mi pulso radial y cubital, extendí y flexioné los dedos, corrí la chaqueta y el buzo, expuse el antebrazo y vi la herida, larga con el músculo saliendo por ella, y con la mano derecha desnuda desplace el músculo para mirar la fascia buscando puntos de sangrado o heridas más profundas, como si tuviera idea de qué era lo que hacía. Acomodé todo lo mejor que pude y declaré: "sí, puedo esperar".

Un momento después para un taxista  de improviso y grita: lo cogimos, lo cogimos. Me cuenta que el hombre corrió por la octava hacia el sur y que él lo encerró contra el andén y que otro taxi se detuvo detrás y no le dejó como salir. Llegó la motocicleta de la policía y el hombre les pide ayuda, que los taxistas lo quieren atropellar. El policía le dice: "No será que usted tiene algo que no es suyo, amigo, una requisa". Encuentran mi celular, un celular de él, pero no encuentran el cuchillo. lo esposan y lo traen caminando hasta el CAI móvil. Lo veo llegar, y me muestran mi celular, lo reconozco y como demostración de qué me pertenece muestro el fondo de pantalla. Reconozco a mi atracador, joven (casi 15 años más joven que yo, supe después) y le digo a la policía que sí, que voy a denunciar.


Trámite.

El taxista que llegó de primero me llevó al Cancerológico, llamó a mi esposa y le contó lo qué paso (Dígale que estoy bien, le dije, que tengo una herida pero estoy bien, y él dice: "Señora, atracaron a su esposo, lo apuñalaron y lo estamos llevando para urgencias"), y allí me abrieron historia, me suturó un ortopedista peruano que se estaba especializando en ortopedia oncológica, llegó mi familia, y salimos para la URI. Allá me toman declaración, me valora medicina legal, y espero a que le tomen las fotografías al celular que prueban el robo. A las 8 pm, menos de tres horas después de haber llegado estaba saliendo con mi celular rumbo a la casa. Tal vez ese sea otro pequeño milagro: no tuve que estar allá ocho horas, como suele pasar.


Gratitud.

Llego a casa, y soy consciente de que estoy vivo. Vuelvo a abrazar a mi esposa, abrazo a mi hijo y me doy cuenta en mis huesos que pude perder mucho más que un aparato. En medio de todo lo malo que pasó, fue mucho peor lo que pudo pasar y recibí la ayuda e tantas personas, el taxista, el patrullero de la policía que me ayudó con todos los trámites a pesar de que ya había terminado su turno, mis colegas en el cancerológico y en mis otros sitios de trabajo, el personal de la URI, todos mis amigos que supieron y se preocuparon, mi familia, mi esposa, que aparte de un poco de dolor, mi sensación predominante fue de gratitud.





Epílogo.

A la mañana siguiente me voy a bañar, noto algo raro en la axila y mi esposa me dice que tengo otra herida, ésta estaba en el pilar posterior de la axila y estuvo muy cerca de estructuras que si habrían podido matarme. Descubro que estoy vivo de milagro. El atracador fue trasladado a la Modelo, y fue condenado a 74 meses de cárcel. Recuerdo que la policía me contó que los vecinos lo reconocieron y decían que trabajaba en las mueblerías de la décima con primera, así que cambié mis rutinas de desplazamiento. Todavía me pregunto qué lo llevó a hacer lo que hizo, porque terminamos en esta chocoaventura que afortunadamente no terminó de manera trágica. Esa pregunta, si llega a tener una respuesta, es tal vez la clave para que un acto tan natural como sacar un celular en una estación de Transmilenio no sea una imprudencia sino un evento natural en un lugar que tiene Wi-fi público y gratuito.