lunes, 26 de enero de 2015

Ya se fue el 20 de enero...

Cada vez que termina un año y empieza el otro se vienen las noticias sobre las diversas ferias y carnavales, y con ello, un nuevo choque ente los defensores de los animales (aclaro que no estoy haciendo otra columna más sobre la alcaldía) y los amantes de la fiesta brava. Cali, Manizales, Bogotá, y Medellín tienen (bueno, Bogotá por ahora no) temporadas taurinas establecidas, y en diversas poblaciones de la costa tienen las famosas "corralejas", que en este 2015 han estado muy de boca en boca por dos eventos trágicos que han involucrado animales, a un nivel de crueldad no esperado (resumen y análisis de la noticia aquí).

Y ahí es donde viene el lío: como capitalino y por mi propia forma de ser, me considero ajeno a todas esas manifestaciones de carnavales, ferias, fiestas patronales, etc. y no logró conectarme con el asunto: no le veo la gracia. Lo más parecido para mí a un evento de esos es la feria del libro, y ya. Teniendo en cuenta todo lo que se ha publicado con estos dos últimos eventos, varios han hecho ver que el problema es que desde Bogotá queremos que todo el mundo se meta en el mismo cassete, y que las corralejas, y peleas de gallos nos parezcan actos bárbaros y salvajes indignos de insistir. Y sí bien algo hay de cierto en eso, y que es innegable que estas actividades culturales son crueles, me pregunto hasta que punto una tradición así pueda o merezca sobrevivir.

Por hoy sólo quiero referirme a las corralejas, que están descritas en este artículo de wikipedia, y las columnas de opinión han pululado siendo en mi opinión las más interesantes las de @catalinapordios, que por cierto había hecho una columna muy interesante sobre las corridas hace algunos meses, y una de Daniel Pacheco. Adicionalmente estas tres columnas (Fiestas de sangre, Macabro patrimonio, y los hipócritas) ayudan a tener más de una visión sobre este problema.

Cada vez que hablamos de estas sangrientas tradiciones la palabra barbarie asoma. la barbarie opuesta a la civilización, como descripción negativa de unos pueblos cuya principal diferencia consistió en ser diferentes, como testimonio del vencedor sobre el vencido (como lo ilustra muy bien Pacheco en la columna ya vinculada previamente). De todas las definiciones de barbarie mi favorita es la de un humorista: barbarie es el tiempo en que los hombres se mataban de uno en uno, y veo que en los eventos ocurridos en la corraleja carecieron de esa barbarie, sino que fueron manifestaciones de sadismo, de un desquite contra el vencido inerme, despojándolo de toda dignidad, mostrando la masa iracunda y estúpida que podemos llegar a a ser.

Insisto, no logro adentrarme en la belleza (que para algunos la tiene) de estas tradiciones, de la misma manera que no la veo en ciertas obras de arte, o de música culta contemporánea. Son culturalmente poco afines a mi visión de mundo; pero sí veo que nacieron como un entretenimiento, sin un discurso más profundo que las acompañe, las justifique, las eternice. Por eso pienso que en esta época en la que las personas somos más llamadas a responder por nuestros deberes para con los animales, y antes que una nueva tragedia, como en Sincelejo, implique la muerte de los anímales bípedos que se inventaron todo esto, es indispensable poner normas claras sobre estos eventos, escenario adecuado, nada de armas, nada de alcohol, nada de menores de edad, seguro de vida que cubra a todos los asistentes y que cada asistente muestre estar afiliado a la seguridad social, cero patrocinio con dineros públicos, la obligación de que un toro no sea expuesto en más de una corraleja, y muchas más, para que el entretenimiento a costa del dolor del otro se vuelva tedioso, aburrido, seguro. Y así algún día, estas tradiciones protegidas por la Constitución se mueran por falta de gente que se identifique con ellas.

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