sábado, 23 de junio de 2012

Atrocidad

Hay cosas que es mejor no recordar y por eso el olvido es tan importante, no sólo en la sociedad, sino sobre todo en la vida propia. Pero como muy bien advierte Mario Bennedetti "El olvido está lleno de memoria", aquellos recuerdos sólo necesitan algo similar (aunque a veces no necesitan nada) para reaparecer.

No logró recordar que día fue ni a qué hora pero si que fue hace tres años y en un hospital grande cuando me pidieron valorar a una mujer adolescente que había sido víctima de una agresión sexual. Llamarlo violación me parece generoso (y violación es una palabra sumamente degradante) porque jamás el objetivo fue la posesión, o el placer, ni siquiera fue una venganza contra la mujer implicada. Fue algo todavía más perverso: convertir su cuerpo, y de paso su alma, en un campo de batalla, en una senda de abrojos.

La historia decía que fue abordada por dos hombres que la abrazaron, la intimidaron con un arma para que se comportara como la pareja de uno de ellos hasta abordar un vehículo, donde fue en jerga policial, reducida, hasta llegar a un lugar donde la torturaron, la desnudaron, y como diría un legista, fue víctima de un acceso carnal violento. Ninguno de los dos hombres la penetró: para ello se valieron de palos, al menos uno de ellos recubierto de fragmentos de vidrio, y finalmente de piedras. Como detalle final (aunque ya no recuerdo, afortunadamente, la totalidad de los detalles) grabaron en su abdomen con una navaja la razón de la agresión, la convirtieron así no más en una servilleta arrugada con un mensaje barruntado. Nada que ver con ella, sólo un mensaje a alguien poco cercano, una venganza que buscó y destruyó a un ser humano sin justificación y sin causa. Luego la dejaron "libre".

Nunca llegué a verla. Esa noche antes de que yo la viera con aparente calma y serenidad, ante la rabia y el dolor de su madre, pidió salida voluntaria y se marchó, ya no quería seguir en un hospital donde era imposible no sentirse observada por todos, y así fuese sin querer, nuevamente violentada. Doy gracias que no tuve que verla. No imagino llegar a ver sus ojos, preguntarle otra vez los detalles que me permitirían estimar el riesgo al que estuvo expuesta y así determinar las medidas de prevención de infecciones venéreas. Igual, me afectó profundamente por un largo tiempo porque esa entereza con la que abandonó la Sala de Urgencias encubría un alma gravemente herida, una vida que fue cambiada de una manera drástica y absurda, y me quedé preguntando qué tipo de ser humano es capaz de ordenar un acto bárbaro, para que vengan otros igual de ¿enfermos? ¿dañados? no se que adjetivo insertar aquí, para que lo ejecuten.

El caso de Rosa Elvira me parece igual de atroz y despertó de nuevo este recuerdo y todas sus emociones conexas. Ya casi se cumple un mes de que esto ocurrió, y pese a todo el vendaval de noticias persiste en el recuerdo, persiste la indignación, expresada en acciones valientes y buenas, otras tan sólo cursis, pero que llevan a replantear la violencia contra la mujer como un elemento importante a atacar y a corregir. (Parentésis explícito: a este paso el único grupo que no está en riesgo de nada somos los adultos jóvenes hombres, los demás son de alguna manera menos favorecidos). Como hacer justicia sin desear venganza no lo sé, al menos en este caso yo no logró imaginarlo, pero la muerte de Rosa Elvira, donde confluyó un aparato judicial inoperante, un sistema de salud que no merece ese nombre, que falla al no tratar a Velasco, que falla al no estratificar bien el riesgo de Rosa Elvira, y una sociedad que sigue sin entender que nadie debe agredir a nadie sin ningún distingo de ningún tipo.

Me uno a los cursis: una rosa a Rosa Elvira, no será la última, lo se, pero espero nos mueva a víctimas, victimarios y espectadores (otros llamarán cómplices a este grupo) a hacer algo para que de verdad no vuelva a ocurrir.

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